jueves, 7 de julio de 2016
El signo del mes: cáncer
Para hablar de la catasterización (transformación en estrella) de Cáncer es necesaria la
presencia de un héroe, Heracles, y un monstruo, la hidra de Lerna.
Uno de los doce trabajos de Heracles consistía en matar a la hidra
de Lerna, monstruo criado por Hera, esposa de Zeus, para matar al héroe, al que
odiaba por ser éste hijo de una de las amadas por el dios. Suele ser
representada como una serpiente de varias cabezas –oscilan según los autores
entre seis y cien-, de las cuales una es inmortal. El resto de ellas eran
mortales y su número se doblaba cuando eran cortadas. Para vencerla, Heracles
necesitó la ayuda de su sobrino Iolao, quien quemaba el “cuello” de cada cabeza
cortada –para que ésta no se reprodujese- con tizones de árboles quemados de un
bosque cercano previamente incendiado. La cabeza inmortal fue cortada y
enterrada, y sobre ella el héroe griego colocó una gran piedra.
Hera envió una
ayuda extra a la hidra en forma de cangrejo, crustáceo que vivía en el pantano
de Lerna. Éste picó a Heracles en el talón y el héroe, enfurecido, lo aplastó.
Cárcino –o el
cangrejo- fue catasterizado por Hera por la ayuda prestada en la lucha y por su
sacrificio.
Sin embargo, la
constelación de Cáncer queda incompleta si no se recoge la historia de los
Burros. Varios son los mitos que se relatan sobre ellos.
Uno de ellos
(Higinio, Astronómica 2.23) remite de
nuevo a Heracles, cuando Hera lo volvió loco. El héroe se dirigía al oráculo de
Hera en Dodona para preguntar a la diosa cómo recobraría su perdida salud
mental, cuando un pantano le impidió seguir su camino. De repente, dos burros
se le aparecieron y uno de ellos le sirvió como medio para cruzar el pantano
sin que sus pies tocaran el agua. Finalmente, llegó al templo de Hera y por
ello, los burros fueron colocados entre las estrellas.
La segunda
versión la trasmite Eratóstenes (Catasterismos,
11) de la siguiente manera: “Se dice que, cuando los dioses salieron en campaña
contra los Gigantes, Dioniso, Hefesto y los Sátiros marchaban a lomos de
burros. Cuando los Gigantes no habían sido vistos aún por ellos, aunque ya se
hallaban cerca, los burros rebuznaron y los Gigantes, al oír el ruido, se
dieron a la fuga. Por ello se les concedió el honor de figurar en el Cangrejo,
hacia la parte de poniente”.
Eratóstenes, de nuevo, nos describe la
posición de las estrellas en el Cangrejo así:
“El Cangrejo tiene, sobre su caparazón, dos
estrellas brillantes: éstos son los Burros; la nebulosa que se ve allí es el
Pesebre: parece que se hallan de pie a su lado. En cada pata del lado derecho tiene
una estrella de brillo escaso; en las de la izquierda, en la primera hay dos de
brillo escaso, en la siguiente <dos> y en la tercera <una>. De
igual manera, en el extremo de la cuarta hay <una>, en su boca
<una> y, en la piza derecha, tres; en la pinza izquierda tiene
<dos> similares, <no> grandes: en total, dieciocho” (traducción de
José B. Torres Guerra).
Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica
sábado, 11 de junio de 2016
Historias del Romanticismo (I): El soldado encantado
Cuenta la leyenda que pulula por las calles de Granada un soldado
cristiano encantado, presa de un hechizo que arrojó sobre él un alfaquí
que lo hizo prisionero...
Pero en realidad, esta
historia empieza en Salamanca allá por el siglo XVIII. Vicente, un joven
y alegre estudiante que vivía en la ciudad castellana, y se pagaba los
estudios cantando y tocando la guitarra en la tuna universitaria,
decidió viajar a Granada un verano, con la intención de conocer nuevas
gentes y divertirse en un lugar diferente. Un día antes de partir hacia
el sur, pasó junto a una cruz de piedra delante del seminario de San
Cipriano, y quiso dedicarle una plegaria al santo para que lo protegiera
durante el viaje. Al pie de la cruz, vio un objeto que relucía y,
curioso, lo recogió del suelo: resultó ser un anillo con el emblema del
rey Salomón; considerándolo un obsequio del santo, lo recogió y se lo
puso en el dedo.
Vicente llegó a la ciudad
andaluza en las vísperas del verano. Una calurosa tarde, cuando se
encontraba cantando junto a una fuente, vio pasar a una joven de gran
belleza que iba acompañada de un sacerdote. Tratando de captar su
atención, le cantó e intentó entablar conversación con la chica,
recibiendo como respuesta tan sólo tímidas y fugaces miradas. Más tarde
supo que el religioso, conocido por su afición a la comida, era uno de
los clérigos más influyentes de la ciudad, y que la chica que caminaba
junto a él era su sobrina, con la que vivía.
Durante
los días siguientes, Vicente se dedicó a merodear por el domicilio de
la pareja, con la esperanza de volver a ver a la joven, de la que se
había enamorado. Poco a poco, el tuno logró ganarse la confianza del
sacerdote, y de vez en cuando charlaban amistosamente durante un rato.
Así
discurrió el mes de junio. Llegó la noche de San Juan, y Vicente salió a
disfrutar del crepitar de las hogueras y el jolgorio popular. Al pasar
junto al río Darro, se topó con un hombre de extrañas vestimentas que se
le quedó mirando fijamente; nadie parecía reparar en la presencia del
misterioso personaje salvo él.
Con cierto
temor, se acercó al individuo y, tímidamente, le preguntó si podía hacer
algo por él. La respuesta que recibió lo dejó completamente perplejo:
se presentó como un soldado de la guardia de los Reyes Católicos, que,
en una incursión musulmana tras la toma de Granada, cayó prisionero de
un alfaquí, que le condenó a custodiar hasta su regreso el tesoro que
Boabdil había escondido antes de irse de la ciudad. Pero su captor nunca
regresó, y el soldado quedó atrapado en la torre en la que se guardaban
los valiosos bienes. El encantamiento que había caído sobre él tan sólo
le permitía salir de su cárcel una vez cada cien años, en el día de la
víspera del día de San Juan, para continuar su guardia en el puente del
río Darro durante tres días. Durante esas 72 horas, el soldado tendría
la oportunidad de encontrar a alguien que pudiera deshacer el hechizo.
Vicente había sido la primera persona con la que había logrado hablar,
tras los dos intentos anteriores fallidos.
El
militar pidió entonces al muchacho que lo acompañara hasta el sitio
donde custodiaba el tesoro, y le señaló el cofre que guardaba las
riquezas, prometiéndole compartir con él la mitad si le ayudaba con su
cometido. Necesitarían a un hombre verdaderamente santo que, tras haber
ayunado durante 24 horas, fuera capaz de romper el encantamiento; éste
debía de ir acompañado de una doncella que tocara el cofre con el sello
de Salomón para poder abrirlo.
Vicente se
acordó de la particular pareja que había conocido semanas atrás.
Inmediatamente, corrió al domicilio del sacerdote y le contó la
historia; sorprendentemente, éste dio crédito a sus palabras y, atraído
por los exóticos tesoros que le estarían esperando, accedió al
desencantamiento, pese a que la idea de pasar todo un día sin probar los
manjares que su sobrina le preparaba no le resultaba agradable.
A
la noche siguiente, los tres acudieron al lugar donde se encontraba el
soldado. El cura, bastante debilitado por la falta de comida, practicó
el exorcismo. Llegó después el turno de la muchacha, que con el sello
que le había entregado Vicente abrió el cofre, dejando al descubierto
infinidad de joyas y objetos preciosos. El tuno y el sacerdote,
extasiados ante la visión, comenzaron a llenarse los bolsillos, pero el
soldado los interrumpió y les pidió que continuaran vaciando el cofre
fuera de la torre.
Todos salieron del lugar
excepto el clérigo, que sin poder controlar el ansia, empezó a devorar
allí mismo los alimentos que le había preparado su sobrina, y que había
llevado consigo para saciar su apetito apenas tuviera oportunidad.
Más
le hubiera valido esperar un poco más... al dar rienda suelta a sus
impulsos dentro del lugar encantado, el cofre se volvió a cerrar
herméticamente y regresó a su lugar original; acto seguido, el escondite
se desvaneció junto con el soldado sin dejar rastro. El cura, la joven y
el tuno se vieron de repente fuera de la torre, sin entender muy bien
lo que acababa de ocurrir.
No obstante, no
puede decirse que a Vicente no le acompañara la suerte, pues se cuenta
en Granada que las monedas que había conseguido guardar en sus bolsillos
le bastaron para vivir cómodamente el resto de su vida, y que acabó
casándose con la doncella.
También hay quienes
aseguran que han visto al soldado encantado haciendo guardia alrededor
de una de las torres de la fortaleza de la Alhambra, siendo sólo visible
para los portadores de un sello de Salomón...
Liliana Campos Pallarés
domingo, 29 de mayo de 2016
El signo del mes: Géminis
Conocida también como Gemelos, tras esta constelación se esconde,
probablemente, la historia más emotiva entre dos hermanos míticos, Cástor y
Pólux, los llamados Dioscuros.
Leda estaba casada con Tindáreo de Esparta, pero su belleza
encandiló a Zeus. Para unirse a ella, se transformó en cisne y, en esa forma,
tuvo relaciones con Leda, quien, esa misma noche, también las tuvo con su
marido. El fruto de esas uniones fueron dos gemelos, pero con naturalezas
diferentes, pues Pólux era inmortal, como hijo de Zeus, y Cástor mortal, como
hijo de Tindáreo.
Otras versiones
del mito los hacen nacer con sus hermanas, Helena y Clitemnestra. Así, Pólux
formaría pareja con Helena y Cástor con Clitemnestra. Los cuatro, a su vez,
nacerían de dos huevos –lo que remite a la unión de su madre con Zeus-cisne.
Ambos gemelos crecieron y, como escribe Eratóstenes (Catasterismos 10), “aventajaron a todos
en amor fraterno, pues no se pelearon ni por mandar ni por otro motivo, sino
que lo hacían todo a la vez y juntos”. Un día, luchando contra sus primos
Linceo e Idas en Esparta, Cástor recibió un ataque de Idas y murió, mientras
Pólux fue herido por Linceo, al que mató. Zeus fulminó a Idas y arrebató al
Olimpo a Pólux, quien no quiso ir sin su hermano y suplicó a Zeus que le
concediese compartir la inmortalidad con Cástor. El Olímpico, entonces, accedió
y permitió que ambos estuvieran en el mismo lugar pero en días alternos, o
durante medio año, según Píndaro y Homero. Así, mientras Pólux estaba en el
Olimpo, Cástor lo estaba en el Hades y viceversa.
No obstante, para
recompensar el amor que se profesaban entre ellos, Zeus les dio el nombre de
Gemelos y los insertó entre los astros en un mismo lugar.
Eratóstenes nos describe la posición de
las estrellas en Géminis de la siguiente manera:
“El que se halla sobre el Cangrejo tiene
sobre la cabeza <una brillante; en cada hombro, una brillante; en el codo
derecho, una; en la mano derecha, una>; en cada rodilla, una; <en cada
pie: en total, nueve>. El que está a su lado tiene, sobre la cabeza, una
brillante; en el hombro izquierdo, una brillante; en cada tetilla, una; en el
codo izquierdo, una; en la punta de la mano, una; en la rodilla izquierda, una;
en cada pie, una; bajo el pie izquierdo, una que recibe el nombre de Antepié:
<en total, diez>” (traducción de José B. Torres Guerra).
Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO
domingo, 22 de mayo de 2016
Las carocas del Corpus
"¿Recordáis? En Granada todo ocurre en el Corpus", decía Luis
Rosales en La casa encendida. Y no le
faltaba razón, pues en nuestra ciudad pasan muchas cosas durante su festividad
principal.
El Corpus Christi se celebra en Granada desde la llegada de los Reyes
Católicos, cuando el culto a la Eucaristía cobró especial importancia como
manera de asentar la cristiandad tras la Conquista. Los distintos ornatos y
arquitecturas efímeras que decoraban las calles de la ciudad servían como
instrumento didáctico a la vez que intentaban recobrar los lazos cristianos
tras siete siglos de presencia del Islam, estableciéndose así desde un
principio como la fiesta de los granadinos.
La celebración del Corpus quedó fuertemente arraigada en las costumbres de
los locales desde su implantación, llegando a alcanzar su máximo esplendor
durante el Barroco. Pero, como suele ocurrir, con el paso de los siglos fueron
surgiendo prácticas asociadas a la celebración que poco tenían que ver con su
sentido religioso. Lo comprobamos cada mes de junio en nuestras calles: tarascas,
gigantes, cabezudos, diablillos... y carocas.
Y es que una de esas cosas que “ocurren" en Granada durante el Corpus
son las famosas carocas. Todos nos hemos paseado alguna vez durante esos días por
la Plaza Bib-Rambla y hemos reído con alguna de las quintillas expuestas. Los
granadinos sabemos que las carocas que cuelgan en la plaza son un perfecto
resumen (en clave satírica) de los principales acontecimientos que han tenido lugar
en la ciudad en el último año.
Pero, ¿sabemos cuál es el origen de esta curiosa tradición?
Tenemos que remontarnos al siglo XVII, cuando decidió adornarse la Plaza
Bib-Rambla con motivo de la festividad eucarística. En época barroca, este
espacio funcionaba como Plaza Mayor de la ciudad, un auténtico escenario urbano
en el que se desarrollaban todo tipo de fiestas y espectáculos públicos, a modo
de teatro al aire libre. Durante los días del Corpus, la plaza se decoraba con
altares, cornucopias, espejos y lienzos pintados, que se creen los antecesores
directos de nuestras carocas. En su origen estos cuadros contenían retratos de
personajes ilustres de la ciudad, pero con el transcurrir de los años la
temática fue cambiando, y las efigies dieron paso a escenas religiosas, que
eran acompañadas de octavas reales que explicaban el significado de los
cuadros.
Esta asociación entre imagen y texto es posiblemente el germen de la
tradición actual. El paso del tiempo daría lugar a la aparición de temas
paganos e históricos, y finalmente, la sátira, que irrumpiría a mediados del
siglo XIX. Durante la centuria siguiente se produciría la definitiva evolución
de estas imágenes con el paso a la temática libre y a la fórmula de quintilla,
estrofa compuesta por cinco versos de rima consonante.
Las actuales carocas son composiciones
pícaras, a las que no les falta en ocasiones un toque de humor negro, que
ilustran a modo de crónica la vida de la ciudad durante el último año. El
Ayuntamiento organiza para la ocasión un concurso al que llegan a presentarse
hasta 200 quintillas, de las cuales se seleccionan las 20 que se expondrán al
público. De las finalistas, una es escogida como la mejor del año.
Las estrofas que hacen las delicias de los granadinos son de todo tipo.
Algunas visionarias, como ésta de 1959:
"En tamañas proporciones
se está la vega achicando
con las nuevas construcciones
que acabaremos sembrando
las papas en los balcones."
Otras muy jocosas como la ganadora del concurso de 2011:
"Tras bajar Michelle Obama
del Sacromonte florido
dijo la dama:
¿Tan seco está mi marido
que aquí lo llaman mojama?"
Y tampoco faltan las más domésticas:
"Rabia mi parienta tanto
que no se calla ni un rato
y yo que soy quien la aguanto
sin Fray Leopoldo es beato
merezco que me hagan santo."
¡Feliz Corpus!
Liliana Campos Pallarés
Intérprete del Patrimonio
sábado, 7 de mayo de 2016
El mito del mes: mayo
La etimología del mes de Mayo para los latinos es diversa. De hecho es posible, según recoge Ovidio, hacer derivar el nombre de tres posibles raíces. La primera vendría de maiestas, y sería la divinidad (Majestad) que se sienta junto a Júpiter, custodia a Júpiter y le proporciona el cetro a este dios. También la segunda opción aparece relacionada en tanto que está al lado de y aporta consejo a otras personas. En este caso, se hace derivar de maiores y les fue dedicado este mes por Rómulo al ser grande el respeto que ellos tenían en la ciudad (el mes siguiente fue consagrado a los jóvenes, iuniores). No obstante, la tercera posibilidad es la más conocida, proveniente de la diosa Maia, madre de Mercurio (o Hermes). Cuando Evandro llegó desterrado a los campos de lo que sería Roma, enseñó a sus gentes, entre otras cosas, los ritos de este dios, el que concedió el honor de llamar al mes con el nombre de su madre.
Durante este mes
son varias las fiestas que se celebran. Por su paralelo floral con nuestro mayo
cordobés se encuentran las Floralia,
que, en realidad, abarcarían dos meses (abril y mayo, en concreto del 28 de
abril al 3 de mayo). Dedicada a Flora (“¡Madre de las flores, ven, que has de ser
festejada con juegos y regocijos!”), esta diosa sufrió una suerte similar
a Perséfone (o Proserpina), ya que fue raptada por
Céfiro, quien la convirtió en su esposa. Sin embargo, ella goza “de una
primavera eterna” que expande no sólo por los campos silvestres, sino por los
de labranza.
Sus fiestas,
conocidas por las licencias que en ellas se permiten como por los vestidos de
muchos colores en su honor, se instituyeron como propiciación por el honor no
dado a esta diosa. Después de un largo tiempo en el que Flora descuidó su deber
por el vacío que le hicieron los padres romanos, éstos establecieron una fiesta
anual con juegos para apaciguar la vanidad de la diosa y que ésta devolviera la
exuberancia, el colorido y la fructificación a la tierra. La razón
de que su fiesta sea tan colorida la ofrece la misma diosa al poeta Ovidio:
“Bien porque
los campos relucen con flores purpúreas, ha parecido que las luces constituyen
un buen ornato para los días a mí dedicados;
bien porque ni la flor ni las llamas tienen colores apagados y ambos brillos
atraen las miradas; bien porque a nuestros regocijos conviene el libertinaje
nocturno” (Ovidio, Fastos V. 362-369)
En lo que a Grecia se refiere, el calendario ático conoce Mayo como el mes Targelion
(mitad de mayo-mitad de junio), mes consagrado a Apolo que nació el día 7 del
mismo (su hermana Ártemis nació un día antes para ayudar a su madre en el parto
del hermano). En él se celebraban las Thargelia
o fiestas de los primeros frutos de verano, ya que el thargelos es el pan elaborado con los primeros granos segados y
llevados a las casas.
Las
Thargelia eran unas fiestas de purificación de la ciudad que se comenzaban a
celebrar el 6 de este mes. Consistían en la expulsión del “phármakos” o víctima humana
que cargaba con todas las “manchas” de la ciudad. Había dos víctimas, uno para
los hombres y otro para las mujeres. Ambos eran alimentados a expensas de la
ciudad. Antes de su expulsión eran azotados por siete veces con ramas de
higueras silvestres y se les proveía de queso y un pastel de higos, a la par
que a su cuello se les ataba un higo blanco y otro negro. A continuación, eran expulsados de la ciudad y con ellos,
cualquier espíritu maligno que pudiera hacer daño a la ciudad, a sus miembros o
a sus posesiones. Al día siguiente, tras la purificación de la ciudad, se
celebraba la llegada de Apolo Pitio. En el segundo día de la fiesta, el 7 de
Thargelion, se comían los thargeloi.
Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO
domingo, 1 de mayo de 2016
Érase una vez... Las Cruces de Granada
El Día de la Cruz, cuyo origen repasamos en otro post hace unos días, es sin duda una de las festividades
que con mayor entusiasmo se celebran en Granada. En las líneas que
siguen recogemos unas cuantas anécdotas históricas –comentadas por el
historiador y antropólogo José Ángel González Alcantud en una de sus
conferencias- que reflejan el significado que el evento tiene para los
granadinos:
En nuestra ciudad, durante las décadas
posteriores a la llegada de los cristianos, la celebración de dicho día se
hacía con auténtica devoción religiosa, íntimamente ligada al hecho de que
aquellas tierras habían sido habitadas por musulmanes durante mucho tiempo. Sin
embargo, hace siglos que la Cruz de Mayo perdió el fervor místico inicial y
pasó a convertirse en una celebración de tipo folklórico y popular.
Valga como
ejemplo el edicto del arzobispo Antonio Jorge y Galbán, que ya en 1779
condenaba este tipo de festejos y prohibía expresamente «todos los desórdenes
en las fiestas de campo, como la de la Cruz de mayo y otras». Un siglo más
tarde, algunos escritores costumbristas locales describían un día de la Cruz en
la ciudad de la Alhambra, poniendo énfasis en exaltaciones que poco tenían que
ver con lo religioso: «empujados por la nocturnidad, la primavera y el vino,
los noviazgos y los amantes se hacen al pie de las cruces», afirmaba Afán de
Ribera.
Con el paso de las décadas, la fiesta fue adquiriendo más y
más protagonismo, algo que puede comprobarse fácilmente repasando las noticias
de prensa de la época. Especialmente simpática resulta la que, en diario la
Alhambra de 1864, rezaba así: «La Santa Cruz: a las horas que escribimos estas
líneas no tenemos noticias de que haya habido en la velada ninguna desgracia,
cosa notable y de que nos alegramos».
Cabe también destacar los históricos piques entre patios por
la decoración de las cruces y los distintos premios. Estas tensiones no sólo se
producían entre las comunidades de vecinos, sino que llegaban a darse incluso a
nivel de barrios. Contaba González Alcantud que en los años treinta del pasado
siglo existía una fuerte rivalidad entre los habitantes del Albayzín y los de
la calle Real de Cartuja, que incluso trascendía el día de la Cruz de Mayo.
Dentro del propio Albayzín, los vecinos de Plaza Larga estaban enfrentados con
el resto del barrio, al considerar éste que el primer premio que la cruz de la
plaza ganaba año tras año era totalmente inmerecido.
Es sabido que la fiesta de la Cruz en Granada ocupa tan sólo
la tarde-noche del 3 de mayo, pues la mañana es laborable. También a modo de
anécdota, contaremos que en los años 60 del siglo XX se produjeron varias tentativas
por alargar la celebración varios días, y todas ellas fracasaron. Parece que la
reforma no se llevó a cabo principalmente por tres factores: las condiciones
climáticas que suele tener Granada en la fecha (todos hemos sufrido la
inestabilidad meteorológica y hemos oído aquello de “¡No podía faltar la lluvia
en el día de la Cruz!”); la proximidad de la fiesta del Corpus, de la que la
Cruz de Mayo es una especie de preludio; y el hecho de que los preparativos de
los días previos al 3 de mayo faciliten ya la sociabilidad y el encuentro entre
vecinos.
Como podéis comprobar, esta festividad, cargada de historias
y anécdotas, forma parte esencial de la idiosincrasia de todos los granadinos.
¡Feliz día de la Cruz a todos!
Liliana Campos Pallarés
Intérprete del Patrimonio
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