domingo, 11 de septiembre de 2016

El fantasma de la Casa del Castril


Hace algunos años trabajé varias semanas en el Museo Arqueológico de Granada con motivo de las actividades para niños que se organizaban durante las vacaciones escolares de Navidad. En la introducción que les hacíamos, les comentábamos que el palacio estaba supuestamente encantado y que algunos trabajadores del lugar aseguraban haber visto al fantasma de Elvira de Zafra, que allí habría vivido siglos atrás. Y los niños, entre asustados y emocionados, con los ojos saliéndose de sus órbitas, se pasaban toda la visita preguntando... "¿Cuándo vamos a ver al fantasma...?"

Pero no solamente los más jóvenes se sienten atraídos por los misterios de la Casa del Castril. Los adultos resultan igualmente fascinados por el relato que tradicionalmente ha explicado la presencia del espectro de Elvira. Una historia de maldiciones, amor, celos, ira y, claro está, muerte. Incluso culmina con un féretro arrastrado por las aguas del Darro debido a esa maldición, de forma que el difunto nunca podría descansar en paz.

Si quieres conocer esta leyenda, así como otras historias mágicas de tu ciudad, no te pierdas nuestra ruta nocturna Leyendas de Granada (organizada por Érase una vez Granada).

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Teo Fernández Vélez
Érase una vez Granada

domingo, 21 de agosto de 2016

El mito del mes: Agosto



El mes de Agosto pertenece al grupo de meses que, según la tradición, en el calendario establecido por Rómulo, fundador y primer rey de Roma, recibieron un nombre relacionado con un número. Así, Agosto se llamaba Sextilis, es decir, “el sexto”. El año entonces comenzaba en Marzo y hasta Junio tenía un nombre relacionado con una divinidad. A partir de Julio y hasta Diciembre tenía (y conserva en parte) un nombre asociado a su orden en el calendario. Para compensar ciertos desbarajustes temporales, se añadieron meses, llegando a ser doce como en nuestros días.

Sin embargo, tanto Julio como Agosto cambiaron sus nombres por otros más ilustres, en honor a dos figuras decisivas e importantes en la historia de la República Romana. Irónicamente, estas figuras estaban emparentadas entre ellas, ya que Julio César (mes de Julio) fue el padre adoptivo de Octavio Augusto (mes de Agosto).

Agosto recibe su nombre de Octavio, hijo adoptivo de Julio César. Y no tanto porque este llegó a ser emperador, sino por su entrada triunfal en Alejandría en 30 a.C. (más exactamente, el 29 de agosto de 724 [año romano]) tras su victoria sobre Cleopatra y Marco Antonio en Accio en 31 a.C. (el 2 de septiembre de 725). Así, por estatuto público, le fue añadido el sobrenombre de Augusto y de ahí este mes toma su denominación.

En el calendario romano se celebraba la festividad dedicada a Vulcano (Vulcanales o Vulcanalia). Ésta tenía lugar a finales de agosto, el 23, y la finalidad era propiciar al dios del fuego para que no hubiera incendios y así proteger las cosechas. En esta festividad se celebraban unos juegos en el circo Flaminio, donde el dios tenía un templo. En éstos se realizaba un sacrificio de peces que la gente que asistía a ellos los echaba al fuego. Parece ser que el día de esta festividad se comenzaba a trabajar a la luz de las lámparas, como buen presagio, por aquello de que Vulcano era el dios del fuego. Así lo recoge Plinio el Joven cuando está describiendo los hábitos de su tío:

A partir de las fiestas de Vulcano empezaba a trabajar a la luz de las lámparas a media noche, no para conseguir un comienzo del día favorable, sino para tener más tiempo de estudio (Espístolas 3.5, traducción Julián González Fernández)

Pero es, sin duda, en el calendario griego donde está la festividad más conocida y más celebrada a lo largo de la historia: los Juegos Olímpicos. Hay quien los remonta a los juegos funerarios celebrados en honor de Patroclo (Homero, Ilíada 23), otros que fue el mismo Zeus tras la victoria sobre los titanes como símbolo de la victoria de la cultura sobre la fuerza bruta, pero parece más consensuado que fueron fundados por Heracles en honor a su padre Zeus. Estos se celebraban cada 4 años (algo que se sigue manteniendo en la actualidad).

Uno de los trabajos que Heracles realizó fue limpiar los establos de Augias, quien le prometió una décima parte de su ganado si lo hacía en un solo día. Heracles logró limpiarlos en el tiempo convenido al desviar el curso del río Alfeo. Sin embargo, Augias no cumplió su parte del trato alegando que quien tenía que pagarle era Euristeo, quien le había ordenado el trabajo. Heracles reclamó a Euristeo, pero éste tampoco le pagó excusando que era su trabajo (Heracles estaba sirviendo como castigo a las órdenes de Euristeo). Así pues, Heracles deja por el momento su venganza contra Augias.

Es tiempo después cuando Heracles toma la ciudad de Elis y vence a Augias y a sus hijos. En su camino de regreso, delimita un recinto sagrado, el “Altis”, e instaura unos Juegos Olímpicos en honor a Zeus Patrio. La Olímpica 10 de Píndaro narra todos los detalles previos a la fundación de los Juegos (la lucha contra Augias y sus hijos, la delimitación del recinto sagrado, la dedicación de los altares…). Sin embargo, es Diodoro Sículo quien nos ofrece cuál sería el primer premio de esos Juegos:

Y decidió que el premio de esta competición sería sólo una corona, porque él mismo había actuado como benefactor del género humano sin recibir ningún salario (Diodoro Sículo, Biblioteca histórica 4.14, traducción de Juan José Torres Esbarranch).
Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO

lunes, 1 de agosto de 2016

El signo del mes: Leo


Poco lugar a la imaginación deja este signo zodiacal: leo es la palabra latina para “león” y el león más conocido de la mitología griega es el de Nemea, matado por Heracles (Hércules).

Heracles, para purificarse por haber matado a sus hijos y a sus sobrinos en un ataque de locura enviado por Hera, debe realizar doce trabajos. El primero es la muerte del león de Nemea, animal que tenía atemorizados a los habitantes de allí.

La facilidad del trabajo es solo aparente, pues el león tenía una piel tan gruesa que lo hacía invulnerable al ataque de cualquier tipo de armas (lanzas, flechas…). Para poder vencerlo después de múltiples ataques fallidos, Heracles lo asfixia con sus brazos y, aconsejado por Atenea, corta la piel del león con las garras de éste.
A diferencia de otros signos, el león de Nemea no fue convertido en estrella por la ayuda prestada sino que, según Eratóstenes (Catasterismos, 12), “recibió honores de Zeus por ser el rey de los cuadrúpedos” o como conmemoración de esta primera hazaña de Heracles.
Como es usual, Eratóstenes nos describe la posición de las estrellas Leo así:

“Tiene tres estrellas en la cabeza, una en el pecho, dos bajo el pecho, una brillante en la pata derecha, una en medio del vientre, una bajo el vientre, una en la cadera, una en la rodilla trasera, una brillante en el extremo de la pata, dos en el cuello, tres en el lomo, una en medio de la cola, una brillante en su punta, <una en el vientre>. Diecinueve en total. Se ven también siete sin brillo encima de él, en triángulo y a la altura de la cola, llamadas Cabellera de Berenice Evergétide” (traducción de Manuel Sanz Morales).
Dámaris Romero 
Profesora de Filología Clásica de la UCO

domingo, 17 de julio de 2016

El mito del mes: Julio



Con Julio comienza la serie de meses que reciben su nombre de acuerdo a la posición que ocupan en el calendario romano. Este mes era el quinto, por lo que al principio se le nombró como Quintilis. Fue Marco Antonio, un cónsul del siglo I a.C., quien le cambió el nombre en honor de Julio César, que en ese momento poseía el título de dictator perpetuo, puesto que éste había nacido en este mes.

Una de las fiestas que se celebran durante este mes es la Neptunalia, el 23 de julio, en honor de Neptuno, dios de las aguas. En esta fiesta tiene lugar el sacrificio de un cabrito, para que las fuentes mantuviesen el agua durante “la estación atroz de la canícula encendida” (Horacio, Oda 3.13). También en honor de Neptuno se plantaban árboles durante estas fiestas. Por desgracia, poco más nos dicen los autores de esta fiesta.

Es en el calendario griego donde en este mes, el Hecatombeon, se celebraba una de las fiestas más importantes en honor a Atenea: las Panateneas, que conmemoraba la victoria de la diosa sobre los Gigantes que se sublevaron contra el reinado de Zeus, su padre.

Las fiestas comenzaban con una procesión que recorría los lugares más importantes de la ciudad: el Cerámico, el Ágora hasta subir a la Acrópolis por los Propileos y rodearla, de modo que la procesión terminara en lado este del templo, frente al altar de la diosa. Probablemente sean los mismos frisos del Partenón la mejor fuente que en la actualidad haya para ilustrar quiénes participaban (ciudadanos jóvenes y adultos e hijas de ciudadanos, metecos y sus hijos, incluso extranjeros aliados) y qué llevaban en esta procesión (cestas con ofrendas para la diosa y jarras de agua, animales para el sacrificio). El objetivo era revestir a la estatua de la diosa con su nuevo peplo, tejido por las muchachas escogidas de entre las familias más importantes. En el peplo estaban bordadas las luchas de Atenea contra los Gigantes.

           Tras la procesión y el revestimento de la estatua, se procedía al sacrificio de los animales y la repartición de su carne en el Cerámico entre los miembros de los demos en proporción a los miembros que habían enviado a la procesión.

            El espíritu alegre y festivo que habría puede ayudarnos a imaginarlo este fragmento de Baquílides (frag. 4), en ocasión de otra fiesta: 

          "Sobre artísticos altares en honor de los dioses se quemen con rubia llama muslos de bueyes y de ovejas de buena lana, y que los jóvenes se ocupen de los ejercicios atléticos, de las flautas y de los cortejos (….) De amables banquetes se colman las calles, e himnos en honor de niños se alzan como llamas" (Traducción de Fernando García Romero)

Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica

jueves, 7 de julio de 2016

El signo del mes: cáncer

Para hablar de la catasterización (transformación en estrella) de Cáncer es necesaria la presencia de un héroe, Heracles, y un monstruo, la hidra de Lerna.

Uno de los doce trabajos de Heracles consistía en matar a la hidra de Lerna, monstruo criado por Hera, esposa de Zeus, para matar al héroe, al que odiaba por ser éste hijo de una de las amadas por el dios. Suele ser representada como una serpiente de varias cabezas –oscilan según los autores entre seis y cien-, de las cuales una es inmortal. El resto de ellas eran mortales y su número se doblaba cuando eran cortadas. Para vencerla, Heracles necesitó la ayuda de su sobrino Iolao, quien quemaba el “cuello” de cada cabeza cortada –para que ésta no se reprodujese- con tizones de árboles quemados de un bosque cercano previamente incendiado. La cabeza inmortal fue cortada y enterrada, y sobre ella el héroe griego colocó una gran piedra.

Hera envió una ayuda extra a la hidra en forma de cangrejo, crustáceo que vivía en el pantano de Lerna. Éste picó a Heracles en el talón y el héroe, enfurecido, lo aplastó.

Cárcino –o el cangrejo- fue catasterizado por Hera por la ayuda prestada en la lucha y por su sacrificio.

Sin embargo, la constelación de Cáncer queda incompleta si no se recoge la historia de los Burros. Varios son los mitos que se relatan sobre ellos.

Uno de ellos (Higinio, Astronómica 2.23) remite de nuevo a Heracles, cuando Hera lo volvió loco. El héroe se dirigía al oráculo de Hera en Dodona para preguntar a la diosa cómo recobraría su perdida salud mental, cuando un pantano le impidió seguir su camino. De repente, dos burros se le aparecieron y uno de ellos le sirvió como medio para cruzar el pantano sin que sus pies tocaran el agua. Finalmente, llegó al templo de Hera y por ello, los burros fueron colocados entre las estrellas.

La segunda versión la trasmite Eratóstenes (Catasterismos, 11) de la siguiente manera: “Se dice que, cuando los dioses salieron en campaña contra los Gigantes, Dioniso, Hefesto y los Sátiros marchaban a lomos de burros. Cuando los Gigantes no habían sido vistos aún por ellos, aunque ya se hallaban cerca, los burros rebuznaron y los Gigantes, al oír el ruido, se dieron a la fuga. Por ello se les concedió el honor de figurar en el Cangrejo, hacia la parte de poniente”.

Eratóstenes, de nuevo, nos describe la posición de las estrellas en el Cangrejo así:
“El Cangrejo tiene, sobre su caparazón, dos estrellas brillantes: éstos son los Burros; la nebulosa que se ve allí es el Pesebre: parece que se hallan de pie a su lado. En cada pata del lado derecho tiene una estrella de brillo escaso; en las de la izquierda, en la primera hay dos de brillo escaso, en la siguiente <dos> y en la tercera <una>. De igual manera, en el extremo de la cuarta hay <una>, en su boca <una> y, en la piza derecha, tres; en la pinza izquierda tiene <dos> similares, <no> grandes: en total, dieciocho” (traducción de José B. Torres Guerra).

Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica

sábado, 11 de junio de 2016

Historias del Romanticismo (I): El soldado encantado


Cuenta la leyenda que pulula por las calles de Granada un soldado cristiano encantado, presa de un hechizo que arrojó sobre él un alfaquí que lo hizo prisionero... 

Pero en realidad, esta historia empieza en Salamanca allá por el siglo XVIII. Vicente, un joven y alegre estudiante que vivía en la ciudad castellana, y se pagaba los estudios cantando y tocando la guitarra en la tuna universitaria, decidió viajar a Granada un verano, con la intención de conocer nuevas gentes y divertirse en un lugar diferente. Un día antes de partir hacia el sur, pasó junto a una cruz de piedra delante del seminario de San Cipriano, y quiso dedicarle una plegaria al santo para que lo protegiera durante el viaje. Al pie de la cruz, vio un objeto que relucía y, curioso, lo recogió del suelo: resultó ser un anillo con el emblema del rey Salomón; considerándolo un obsequio del santo, lo recogió y se lo puso en el dedo.

Vicente llegó a la ciudad andaluza en las vísperas del verano. Una calurosa tarde, cuando se encontraba cantando junto a una fuente, vio pasar a una joven de gran belleza que iba acompañada de un sacerdote. Tratando de captar su atención, le cantó e intentó entablar conversación con la chica, recibiendo como respuesta tan sólo tímidas y fugaces miradas. Más tarde supo que el religioso, conocido por su afición a la comida, era uno de los clérigos más influyentes de la ciudad, y que la chica que caminaba junto a él era su sobrina, con la que vivía.

Durante los días siguientes, Vicente se dedicó a merodear por el domicilio de la pareja, con la esperanza de volver a ver a la joven, de la que se había enamorado. Poco a poco, el tuno logró ganarse la confianza del sacerdote, y de vez en cuando charlaban amistosamente durante un rato.

Así discurrió el mes de junio. Llegó la noche de San Juan, y Vicente salió a disfrutar del crepitar de las hogueras y el jolgorio popular. Al pasar junto al río Darro, se topó con un hombre de extrañas vestimentas que se le quedó mirando fijamente; nadie parecía reparar en la presencia del misterioso personaje salvo él.

Con cierto temor, se acercó al individuo y, tímidamente, le preguntó si podía hacer algo por él. La respuesta que recibió lo dejó completamente perplejo: se presentó como un soldado de la guardia de los Reyes Católicos, que, en una incursión musulmana tras la toma de Granada, cayó prisionero de un alfaquí, que le condenó a custodiar hasta su regreso el tesoro que Boabdil había escondido antes de irse de la ciudad. Pero su captor nunca regresó, y el soldado quedó atrapado en la torre en la que se guardaban los valiosos bienes. El encantamiento que había caído sobre él tan sólo le permitía salir de su cárcel una vez cada cien años, en el día de la víspera del día de San Juan, para continuar su guardia en el puente del río Darro durante tres días. Durante esas 72 horas, el soldado tendría la oportunidad de encontrar a alguien que pudiera deshacer el hechizo. Vicente había sido la primera persona con la que había logrado hablar, tras los dos intentos anteriores fallidos.

El militar pidió entonces al muchacho que lo acompañara hasta el sitio donde custodiaba el tesoro, y le señaló el cofre que guardaba las riquezas, prometiéndole compartir con él la mitad si le ayudaba con su cometido. Necesitarían a un hombre verdaderamente santo que, tras haber ayunado durante 24 horas, fuera capaz de romper el encantamiento; éste debía de ir acompañado de una doncella que tocara el cofre con el sello de Salomón para poder abrirlo.

Vicente se acordó de la particular pareja que había conocido semanas atrás. Inmediatamente, corrió al domicilio del sacerdote y le contó la historia; sorprendentemente, éste dio crédito a sus palabras y, atraído por los exóticos tesoros que le estarían esperando, accedió al desencantamiento, pese a que la idea de pasar todo un día sin probar los manjares que su sobrina le preparaba no le resultaba agradable.

A la noche siguiente, los tres acudieron al lugar donde se encontraba el soldado. El cura, bastante debilitado por la falta de comida, practicó el exorcismo. Llegó después el turno de la muchacha, que con el sello que le había entregado Vicente abrió el cofre, dejando al descubierto infinidad de joyas y objetos preciosos. El tuno y el sacerdote, extasiados ante la visión, comenzaron a llenarse los bolsillos, pero el soldado los interrumpió y les pidió que continuaran vaciando el cofre fuera de la torre.

Todos salieron del lugar excepto el clérigo, que sin poder controlar el ansia, empezó a devorar allí mismo los alimentos que le había preparado su sobrina, y que había llevado consigo para saciar su apetito apenas tuviera oportunidad. 

Más le hubiera valido esperar un poco más... al dar rienda suelta a sus impulsos dentro del lugar encantado, el cofre se volvió a cerrar herméticamente y regresó a su lugar original; acto seguido, el escondite se desvaneció junto con el soldado sin dejar rastro. El cura, la joven y el tuno se vieron de repente fuera de la torre, sin entender muy bien lo que acababa de ocurrir. 

No obstante, no puede decirse que a Vicente no le acompañara la suerte, pues se cuenta en Granada que las monedas que había conseguido guardar en sus bolsillos le bastaron para vivir cómodamente el resto de su vida, y que acabó casándose con la doncella.

También hay quienes aseguran que han visto al soldado encantado haciendo guardia alrededor de una de las torres de la fortaleza de la Alhambra, siendo sólo visible para los portadores de un sello de Salomón...

Liliana Campos Pallarés