jueves, 23 de abril de 2015

El mito del mes: Tauro


Bajo el signo de Tauro se esconden dos explicaciones míticas relacionadas con dos mujeres a las que Zeus amó: Europa e Ío.
 
De acuerdo a una de ellas, este animal fue colocado entre las estrellas por haber sido el “transporte” de la princesa Europa desde su Sidón natal –en otras versiones es Tiro- hasta la isla de Creta. Europa, hija de Agenor y Telefasa, jugaba con sus compañeras en las playas de Sidón. Cuando Zeus, al verla, se enamoró de ella y decidió llevársela con él, para lo que se transformó en un hermoso toro blanco. Se acercó y se posó al lado de la joven quien, asustada al principio, acabó acariciando al animal, asombrada por su mansedumbre. Confiada como se encontraba, se sentó sobre los lomos del animal, que aprovechó la ocasión para arrojarse con ella al mar y conducirla hasta Creta, donde reveló su verdadera persona –Zeus- y se unió a la joven. Por el servicio prestado el olímpico catasterizó al animal en una estrella brillantísima.

Otra versión que explicaría la razón de la conversión en estrella del toro se relaciona con Ío, doncella argiva también amada por Zeus y sacerdotisa de Hera. En este caso, no sería un toro, sino una ternera o vaca, ya que esta joven fue metamorfoseada en tal animal para escapar de la ira de Hera. Enamorado el dios de la muchacha por su belleza, le ordenó a través de un sueño unirse a él. Ío consultó la interpretación de ese sueño con los oráculos de Delfos y Dodona, los cuales le aseguraron que si esa unión no se efectuaba, la casa y la estirpe paternas serían fulminadas. Ante tal advertencia la joven se unió con el olímpico, lo que le arrastró ser objeto de los celos y la ira de Hera, esposa de Zeus. Para mitigar las consecuencias de su aventura, Zeus transformó a Ío en una ternera, a la que Hera fustigó haciendo que un tábano la persiguiera sin descanso, hasta que la joven llegó a Egipto, donde recuperó su forma humana y recibió honores divinos. De esta manera, la vaca, imagen de Ío y en atención a ella, fue convertida en estrella.


            Según Higinio, Astronomía 2.20, la posición de las estrellas en Tauro es la siguiente:

 “Tiene una estrella en cada cuerno, pero la que más brilla es la del izquierdo; una en cada uno de los ojos; otra en medio de la frente y otra en el punto donde nacen los cuernos. Estas siete estrellas se llaman Híades, aunque algunos niegan la existencia de las dos últimas, a las que nos acabamos de referir, de modo que hacen un total de cinco. Además, tiene una estrella en la rodilla delantera izquierda; una sobre la pezuña; otra en la rodilla derecha; tres en el lomo, de las cuales la última es la más brillante, y una en el pecho, En total, además de las Pléyades, dieciocho.” (traducción de Guadalupe Morcillo Expósito).

Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica

domingo, 19 de abril de 2015

Leyendas de la Alpujarra (I): El jardín de la princesa Cobayda


Existe una laguna en las alturas de Sierra Nevada, la de Lacares, a la que los pastores no se acercan porque se dice encantada. Cuenta la leyenda que, siglos ha, en época musulmana, se erigía un lujoso palacio con su hermoso jardín en el lugar en el que hoy encontramos el paraje natural. Tan insólita ubicación se debía a la voluntad del Rey nazarí de esconder a su hija Cobayda; un grupo de sabios habían predicho, en el momento de su nacimiento, que la joven moriría al conocer el amor por primera vez, por lo que su padre, en un desesperado intento por sortear el trágico destino, había querido alejarla de cualquier posible tentación. La niña vivía con la princesa la discreta Kadiga –la misma de los Cuentos de la Alhambra- que, junto con otras esclavas, se encargaba de velar por su seguridad.

Con el paso de los años, creció hasta convertirse en una hermosa mujer. No conocía más mundo que el de aquellas paredes y aquella espesa arboleda que ocultaba la residencia, ni había tratado con más personas que el grupo de mujeres que con ella habitaban. El Rey, que había construido un pasaje subterráneo secreto, acudía al lugar de vez en cuando y se pasaba las horas contemplando a Cobayda a escondidas.

Paseaba un día la princesa por los interminables jardines del palacio, cuando avistó a un apuesto e imponente caballero, que andaba perdido por los senderos de la montaña y no encontraba el camino de vuelta a la ciudad. Ella, que no había visto una figura masculina hasta ese momento, sintió que algo se removía en su interior; un sentimiento correspondido por el joven, que en seguida quedó prendado de la belleza de la princesa. Desde ese día, y ayudados por la despreocupación de Kadiga y sus esclavas, los dos enamorados se encontraban secretamente cada noche en las frondosas alamedas del jardín.

El repentino cambio de humor de Cobayda, que había sido una chiquilla de carácter melancólico toda su vida, despertó las sospechas de Kadiga, que se vieron confirmadas cuando descubrió a la pareja en una de sus clandestinas reuniones. El Rey, al enterarse de lo que pasaba, montó en cólera y acudió al palacio para comprobar por sí mismo que la historia era cierta. Cuando sorprendió al caballero susurrando palabras de amor al oído de su hija, ciego de ira se abalanzó sobre los amantes desenvainando su espada. La cabeza del joven rodó por el suelo, y se cuenta que hoy en día puede reconocerse en una de las piedras negruzcas que rodean la laguna. La princesa, aterrorizada por la sangrienta escena, quedó convertida en hielo, y tal fue su amargura que sus lágrimas inundaron la zona formando la actual laguna y dejando sumergidos el palacio y sus jardines. El Rey, por su parte, al darse cuenta de lo que había hecho, intentó huir pero no pudo... se había transformado en una enorme roca junto al agua que aún puede apreciarse en el paraje. Cuentan los pocos que han osado visitar el lugar que, en las noches de fuerte tormenta, pueden oírse los gemidos del Rey, que aún se lamenta de dolor...

Liliana Campos Pallarés
Intérprete del Patrimonio

Imagen: www.nevasport.com
 

domingo, 7 de septiembre de 2014

El mito del mes: Virgo

En esta ocasión, tanto el mito como el personaje que hay detrás del signo zodiacal son poco conocidos. No es, como viene siendo habitual, alguna divinidad olímpica de renombre –Atenea, por ejemplo- o alguna de sus historias. No, para situar a la divinidad que se esconde tras el signo hay que remontarse a una época más antigua que el mismo Zeus. 

En una época muy, muy lejana, cuando Cronos reinaba, dioses y hombres convivían en total armonía. Hesíodo (Trabajos y días 110-122) describe a los hombres de esta época viviendo como dioses, “con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria; y no se cernía sobre ellos la vejez despreciable, sino que, siempre con igual vitalidad en piernas y brazos, se recreaban con fiestas ajenos a todo tipo de males”. Esta época es conocida como la Edad de Oro. 
 
Aparte de esta eterna felicidad, los hombres pertenecientes a esta dorada estirpe se caracterizaban por estar en completa paz entre ellos y respetar a los dioses. Por ello, Astrea –más conocida como Dike (Justicia)-, hija de Zeus y Temis, paseaba entre ellos y habitaba con ellos. Sin embargo, cuando las diferentes estirpes se fueron sucediendo y degenerando (oro > plata > bronce > héroes > hierro), la guerra, la injusticia y los males fueron ganando terreno, esta divinidad se alejó al monte. Pero cuando las guerras y las disensiones se produjeron entre los hombres, ella, “sintiendo odio de su absoluta injusticia” (Eratóstenes, Catasterismos 9), se marchó al Olimpo. Allí se convirtió en Virgo.
 
Es nuestro mitógrafo de cabecera, Eratóstenes, quien describe la posición de las estrellas de Virgo:
 
“Sobre la cabeza tiene una estrella, de brillo escaso; <en> cada hombro, una; <en> cada ala, dos (la que se halla en el ala derecha, <entre> el hombro y el extremo del ala, recibe el nombre de Vendimiadora); <en> cada codo, una; <en> la punta de cada mano, una (la estrella brillante que está en la izquierda se llama Espiga); en la orla de la túnica, <seis> [, una de brillo escaso]; <en> cada pie, una: en total, veinte” (traducción de José B. Torres Guerra).


Dámaris Romero
Profesora de Filología Clásica de la UCO

jueves, 21 de agosto de 2014

Cuentos de la abuela (I): Los susurros del Patio de las Damas


D. Rodrigo de Mendoza, Marqués del Zenete, mandó edificar el Castillo de la Calahorra para defender sus tierras de los moros que él mismo hubo derrotado.

Un día, algunos moros armaron jarana y tuvo el buen señor que ir a apaciguarlos. Mandó a sus tropas y les dio una paliza en los llanos del Marquesado, trayendo prisioneros a seis de los principales. Uno de ellos, el más joven y guapo, era el cabecilla del motín, Ismail. Los mandó encerrar en una de las mazmorras en el torreón del Pozo de la Pólvora, en la más horrorosa de todas y en la que aún hoy, se dice, permanece la cuerda del último ajusticiado.
La señora de don Rodrigo, tenía quince damas para su persona y sus ropas. La más querida y guapa de ellas se llamaba Violante de Castro y tenía 16 años.

La señora castellana bajó un día con sus damas a la mazmorra a ver a los prisioneros, y sucedió que doña Violante, al instante mismo que vio a Ismail, se enamoró de súbito de él; al igual que el joven morisco también lo hizo de ella. La dama volvió con su señora, pensativa y triste, y él quedó lleno de pena por su ausencia, pues había llenado su corazón y ocupado su alma.

Doña Violante compró al guardián e intercambiaba cartas con su amado, comprometiéndose a ser el uno del otro. Así continuaron las cosas hasta que ni ella podía vivir ni reparar sin él, ni él sin ella; y convinieron en escaparse a pesar de que no había modo de llegar a la mutua posesión de sus personas, pues en aquel entonces, el matrimonio entre moro y cristiana no era cosa que se hacía sencillamente.

Doña Violante lo preparó todo, reunió sus alhajas y una noche desapareció del castillo junto a Ismail y al guardián de la mazmorra, descolgándose por la barbacana del mismo. El resto de prisioneros, al verse sin guardia, intentaron también escapar, pero fueron descubiertos por los soldados. Don Rodrigo dio orden de buscar a los fugados y al cabo de tres días regresaron trayendo presos a los dos hombres y a la dama, que tuvo el valor de decir a sus señores que fue ella la artífice de todo, por su amor hacia el moro, y que al carcelero había comprado.

A la mañana siguiente aparecieron los dos ahorcados y doña Violante fue encerrada en una habitación bajo el Patio de las Damas. Al cabo de los años, la dama perdió el juicio y  murió. Desde entonces, hay quien cuenta que, de cuando en cuando, puede oírse su lastimosa voz en el Patio de las Damas, pidiendo justicia.


Redactado y enviado por Marta Machado,
a quien se lo contaba su abuela Maravillas.

sábado, 9 de agosto de 2014

¡Que vienen las Perseidas!


Es verano, al mediodía el Sol en el hemisferio Norte, alto en el cielo, nos da una cantidad de luz y calor que hace que millones de personas nos acerquemos a sumergirnos en las costas y las piscinas. El agua nos ayuda a soportar las condiciones a veces inclementes, con temperaturas que incluso superan a veces los 40 grados en ciudades  como Córdoba.

Pero tras cada día llega su noche.

Si nunca hubiéramos conocido la noche el cambio sería inimaginable, inconcebible, seguramente aterrador. La luz, una vez desaparecido el Sol bajo el horizonte, se atenúa millones de veces respecto al día.

De una manera extraordinaria nuestros ojos se adaptan y son capaces entonces de ver un singular espectáculo: el cielo nocturno. No es una oscuridad total. Miles de pequeñas luminarias lo adornan, las llamamos estrellas; algunas, que destacan entre las otras merecen un nombre más evocador: luceros, que son los planetas y estrellas más brillantes. Incluso ese ser especial y cambiante que es capaz de convertir algunas noches en un pálido reflejo del día y permitir a nuestros ojos habitar también las horas oscuras, y al que llamamos Luna.

Pero en cada verano hay noches especialmente amables, una ligera brisa convierte la experiencia de un atardecer en el preludio de noches frescas con olores de flores nocturnas, grillos que cantan y sonidos de ríos, arroyos, y olas que no descansan.

El cielo también nos regala noches especiales en el que el habitual mapa celeste cobra una vida diferente. Algunas estrellas parecen moverse con una rapidez sorprendente, por eso las llamamos estrellas fugaces, y cuando son bastantes las llamamos lluvia, lluvia de estrellas. En otras épocas, éste y otros fenómenos celestes eran a menudo considerados de mal agüero.

Actualmente el conocimiento científico nos explica con extraordinaria exactitud qué es en realidad una lluvia de estrellas. Los cometas al acercarse al Sol se desprenden de su propio cuerpo en millones de pequeñas partículas que van quedando en el camino que describen en el espacio. Cuando la órbita de la Tierra  atraviesa esos lugares, nuestro planeta choca con innumerables trozos de polvo de cometa, casi todos más pequeños que granos de arena.  A altitudes de casi 100 kilómetros y velocidades de varias decenas de metros por segundo, se sumergen en la atmósfera dejando un destello que es la huella final de su sacrificio.
 
Sorprendentemente nuestros ojos pueden verlo desde la superficie oscura de la noche.

La más famosa  de estas lluvias de estrellas son las denominadas Lágrimas de San Lorenzo, o Perseidas, según el paradigma cultural que utilicemos. La denominación de Perseidas deriva de la localización del radiante, un punto del cielo que cuando las vemos moverse parece ser el centro del que parten y que está en la constelación de Perseo, que se eleva las madrugadas del verano desde el noreste. Una regularidad importante y una numerosa actividad en el máximo en mitad del verano, contribuyen a esta enorme popularidad.

Para verlas necesitamos un cielo oscuro, y abarcar con la vista la mayor cantidad de espacio posible; tendidos en el suelo con los pies hacia el noreste mirando hacia arriba es la mejor posición. Desde el anochecer hasta la madrugada es posible verlas en cualquier parte del cielo. Durante todo el mes de Agosto es posible ver alguna perseida pero el máximo se produce entre el 11 y el 13 de este mes, las noches del 11 al 12 ó del 12 al 13 según el año. Otro factor importante es la luz de la  Luna, con  una Luna demasiado llena perdemos hasta el 90% de las que veríamos sin Luna por lo que cada año las condiciones son diferentes.

En este 2014 las condiciones no son buenas, demasiada luz en el máximo con Luna llena el día 10. Como cada día la Luna sale más tarde aconsejo aprovechar las primeras horas del 11, 12 o incluso después, antes de que la Luna suba , puesto que al amanecer la Luna brillará bastante, aunque en cualquier momento es posible ver alguna que consigue vencer la competencia de la luminosidad lunar.

Por último ya saben que popularmente se asocia la visión de estrellas fugaces con la petición de deseos, así que para estas noches lleven suficientes en los bolsillos. Pero les aconsejo que sean especialmente responsables con lo que piden.

Porque los deseos, a veces, se cumplen.

Disfrútenlos.

Antonio Becerra Sánchez
Divulgador astronómico
Planetario La Nave Tierra

Imagen: www.gomeranoticias.com

lunes, 4 de agosto de 2014

Érase una vez...


Todo cuento, toda leyenda, toda historia; todo relato, real o no, tiene un comienzo.

A principios del 2012 creamos Érase una vez Córdoba con el objetivo de divulgar el patrimonio menos aprovechado de la ciudad y exprimir el lado más sugerente del mismo. Entre otras cosas, diseñamos la ruta nocturna Leyendas de Córdoba, pionera de las muchas similares que ahora mismo en la ciudad califal.

Y no se nos ocurre mejor evolución de nuestro proyecto que sumar a este trabajo la ciudad andaluza que probablemente tenga más encanto en muchos aspectos. Y que conocemos bien porque durante muchos años ha sido nuestra casa.

Esperamos que os guste.

Teo Fernández Vélez